«Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.» Deuteronomio 6:6-7
Más allá de la crianza cotidiana
Hoy, a diferencia de otras ocasiones, el Señor ha puesto en mi corazón una reflexión que considero especialmente importante. Muchas veces, los temas son más prácticos, de cómo organizarnos, de cómo evitar distracciones, redes sociales, temas de homeschool, de como ser eficientes en enseñar las clases. Muchas veces con el día a día, con las tareas por cumplir, con la rutina del hogar, con la inmediatez de las cosas olvidamos lo esencial. Los sabemos, lo anhelamos, pero lo olvidamos.
Hoy quisiera hablar un poco sobre la importancia de nuestra labor en la maternidad. Y no es si lograremos que nuestros hijos sean bien portados, sean educados, sean profesionales (y no es que estás cosas no sean importantes) sino más bien: ¿serán nuestros hijos salvos? ¿Qué estoy haciendo para que sean salvos? ¿Es suficiente lo que estoy haciendo?

Una madre transformada para transformar
Querida mamá. No importa si eres madre de un solo niño o de muchos. No importa si son pequeños o grandes. En nuestra labor como madres somos como pequeñas abejas trabajadoras. Hemos pasado por una maravillosa transformación. Dios ha obrado un milagro en nuestras vidas. Dios nos alcanzó, nos mostró a Su Hijo, nos selló con Su Santo Espíritu. Nos hizo nuevas criaturas. Nos dio un corazón de carne. (2 Corintios 5:17)
Precisamente porque hemos sido transformadas por Cristo, somos llamadas a reflejar esa transformación. Y se nos encomendó una gran labor. La labor de edificar nuestras casas, a nuestros hijos. (Proverbios 14:1) El Señor nos llama a llenarnos de Él, de Su palabra, que vivamos en el Espíritu y que como una abeja trabajadora día a día de flor en flor compartamos con nuestros esposos e hijos la Palabra de vida, por medio de lo que decimos, de nuestras acciones y de nuestra propia vida. (2 Corintios 4:6-15) Por medio de todas esas obras que de antemano el mismo Dios preparó para que anduviéramos en ellas. (Efesios 2:10)
Una labor silenciosa con frutos eternos
Los esfuerzos que hacemos como madres para que nuestros hijos crezcan en conocimiento y virtud son mayormente reservados y discretos. Así como la abeja, que en su labor discreta va polinizando las plantas para que den fruto. Igualmente, nosotras discretamente pero intencionalmente vamos polinizando con la Palabra de Dios para que esta, por medio del Espíritu, produzca el fruto en nuestros hijos.

Criando para Dios, criando para la eternidad
El sistema del mundo conoce muy bien el poder y la capacidad de esta silenciosa influencia, por eso procura debilitar el diseño de Dios para la familia y minimiza el papel de la madre en el hogar. Aun así, es nuestro gran deber criarlos para Dios, criarlos para la eternidad. (Efesios 6:4) No dejándonos influenciar por el mundo sino por Dios. Pues Dios nos ha confiado el cuidado de nuestros hijos, cuyas almas son eternas. No quiere decir que está en nuestras manos cambiar el corazón de nuestros hijos, porque la salvación es solo obra del Señor, pero sí está en nuestras manos el predicarles, el permitir que Dios use nuestras vidas y produzca en nosotras el querer como el hacer, para su buena voluntad. (Filipenses 2:13) Pues la fe es por el oír, y el oír, por la Palabra de Dios. ¿Pero cómo oirán si no se les predica? (Romanos 10:14-17)
Apuntándolos a Cristo
Mis amadas hermanas, es mi deseo animarlas y exhortarlas a que seamos realmente intencionales y conscientes de la labor que nos ha dado el Señor. Tenemos en nuestras manos almas eternas que, sin Cristo, están bajo condenación (destinadas al infierno), y necesitan desesperadamente Su gracia salvadora. (Juan 3:18; Efesios 2:1-5) Pero cuan difícil se nos hace ver el pecado de nuestros propios hijos. Queremos justificarlos diciendo cosas como: que son solo niños, están pequeños para entender, no lo hizo intencionalmente, sin embargo, esas cosas que vemos simples se pueden convertir en grandes problemas del corazón si no se atienden en el momento correcto. No podemos salvar a nuestros hijos, pero sí podemos vivir cada día apuntándolos hacia el único que puede hacerlo: Cristo. (Hebreos 12:2; Colosenses 3:1-3)

Es mi oración que por medio de esta pequeña reflexión seamos confrontadas y reafirmadas en la labor que el Señor nos ha encomendado y que le permitamos ser nuestro alfarero. Que nos dejemos usar en total dependencia de Él y que, por medio de la maravillosa obra de la maternidad, podamos criar para la eternidad, y ver el fruto del Espíritu en la vida de nuestros hijos para la gloria de Dios.
«Instruye al niño en el camino que ha de seguir, Aun cuando sea viejo no se apartará de él.» Proverbios 22:6
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Bienvenida a Creciendo Juntos, un espacio dentro de Blog Manitas Sucias donde reflexionamos sobre la maternidad y la crianza, aprendiendo de la Palabra de Dios y de la vida misma. Aquí compartimos experiencias, desafíos y enseñanzas que nos recuerdan que, al igual que un huerto necesita cuidado constante para dar frutos, nuestros corazones y los de nuestros hijos también requieren paciencia, guía y amor. Día a día, madres e hijos estamos creciendo juntos.

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